El Visionario In-Sensible

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Opinión
/ 26 febrero 2026

En los emprendimientos –como en las empresas– escalar no es un acto de fe; es un acto de diseño. Antes de soñar en grande, aprende a diseñar en pequeño

A estas alturas del año, muchas iniciativas ya quedaron en el tintero.

O peor: en la lista mental de “luego lo retomo”.

Algunas sobreviven. Esta columna es para esas... y para quienes todavía no entienden su tamaño.

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Si eres co-work, no te rompas el alma buscando resultados de corporate triple A.

En el mundo del emprendimiento hay una obsesión peligrosa: querer resultados gigantes con estructuras diminutas.

Como dice el refrán: no le pidas peras al olmo... aunque le pongas un pitch deck elegante.

Empresas con alma de co-work, soñando con utilidades de corporativo triple A.

Mucho discurso. Poca estructura.

No es falta de ganas.

Es falta de sensibilidad.

Y de contacto con la realidad.

Nuestro personaje es un visionario, sí.

Tiene ideas, voluntad, entusiasmo y hasta algo de capital.

El problema no es su ambición; es su desconexión.

Pierde contacto con esa realidad que no aplaude, no da likes y siempre formula la misma pregunta incómoda:

¿De qué tamaño es realmente tu estructura?

Se quiere escalar sin procesos.

Crecer sin control.

Prometer sin capacidad de entrega.

Y cuando el resultado no llega, no se cuestiona el diseño.

Se culpa al mercado, al equipo, al timing, al cliente... o, mejor aún, a todos.

Por no sacrificarse lo suficiente.

Por “poner resistencias”.

Por no compartir la visión.

Por no trabajar 14 horas diarias para sostener una mala decisión.

La realidad es menos épica y más incómoda:

no todos los negocios están listos para ser enormes.

Y no pasa nada.

Dicen por ahí:

“Si eres gallina, no te rompas el alma intentando poner un huevo de avestruz”.

El problema no es ser gallina. El problema es negarlo y exigirle a la estructura lo que no puede sostener.

En los emprendimientos –como en las empresas– escalar no es un acto de fe; es un acto de diseño. Antes de soñar en grande, aprende a diseñar en pequeño.

Metas sanas.

Consistentes.

Medibles.

Rentables.

Porque cuando un negocio intenta parir algo que no puede sostener, no nace un avestruz.

Ni una pera. Nace una crisis.

Y entonces, sin discurso que la maquille, aparece ese aroma inconfundible... ese sabor denso, incómodo, persistente: Sabor a Mandrake.

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No disminuyas tu visión.

Ajusta tu estructura.

Haz crecer tus ambiciones

al ritmo de tus resultados,

no al tamaño de tu ego.

Recuerda:

no es que tu visión sea demasiado grande.

Es que tu estructura aún es demasiado pequeña para sostenerla.

Hasta la próxima.

#SaborAMandrake

El Orquestador Silencioso de la Rentabilidad. Enrique San Vicente Contreras, un ejecutivo que ha logrado lo que el ecosistema emprendedor muchas veces promete y rara vez cumple: convertir la estrategia en rentabilidad, la calidad en cultura y la innovación en resultados concretos.

Con más de tres décadas y media de experiencia —y contando— Enrique ha estado al frente de operaciones críticas en organizaciones públicas y privadas. Desde quirófanos digitales hasta las trincheras electorales de América Latina con la Organización de los Estados Americanos, su brújula siempre ha estado calibrada hacia un Norte muy claro: crear valor donde los demás sólo ven procesos.

Formado como ingeniero en sistemas computacionales (sí, cuando las computadoras pesaban más que los consultores), Enrique no tardó en sumar tres maestrías: una en Comercio Electrónico (cuando aún sonaba exótico), otra en Gestión de Tecnologías de Información y una más en Dirección de Empresas. Porque sí, la estrategia no sólo se piensa, se ejecuta... y él ha hecho de la ejecución su arte.

Es fundador y director de Golden TI, una firma que, fiel a su nombre, no ofrece oro molido, sino consultoría tangible para empresas que entienden que el verdadero crecimiento empieza por dentro. Bajo su batuta, Golden TI ha certificado operaciones bajo estándares como ISO 9001, ISO 27001, IATF 16949, ISO 54001, ISO 37001... y la lista sigue, como si fueran medallas olímpicas, pero en forma de rentabilidad y reputación organizacional.

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