La IA y la educación: El mundo que ya está escribiéndose
Mis hijas e hijo todavía son chicos. Ninguno ha escrito un ensayo universitario ni ha abierto el chat a las tres de la mañana para preguntarle cómo se llama lo que está sintiendo. Pero esta semana, cuando leí los datos, entendí que el mundo en el que van a crecer ya está escribiéndose sin ellas y sin él.
El miércoles, la Secretaría de Educación Pública presentó la encuesta más grande del mundo en su tipo: un millón y medio de estudiantes y 166 mil docentes —mujeres y hombres— de universidades mexicanas respondieron sobre su uso de inteligencia artificial. Los datos son brutales. Ocho de cada diez jóvenes la usan para redactar textos académicos. Más del 60% la utiliza cotidianamente. Y entre las cifras, una que me detuvo: nueve de cada cien estudiantes —más de 91 mil jóvenes mexicanas y mexicanos— recurren a ella para hablar de ansiedad, tristeza o estrés, o para preguntar si necesitan ayuda psicológica. El propio secretario de Educación llamó al ChatGPT “el gran psicólogo de nuestros tiempos”.
No es un titular, es un diagnóstico. En las universidades del país se están produciendo dos fracturas al mismo tiempo. La primera es visible: el ensayo —ese ejercicio humano de ordenar el mundo con tus propias palabras— dejó de ser exclusivamente humano. La segunda es más íntima: decenas de miles de jóvenes están trasladando su bienestar emocional a una máquina que nunca se cansa, que nunca juzga, que está disponible a las tres de la mañana y que responde con el tono exacto que uno quiere escuchar.
Esos 91 mil no llegaron al chat por capricho. México vive una crisis silenciosa de salud mental juvenil: de acuerdo con el Inegi, en 2024 se registraron 8 mil 856 suicidios en el país —un promedio de 24 al día— y entre 2014 y 2024 la tasa nacional pasó de 5.1 a 6.8 por cada cien mil habitantes. Lo más alarmante está en los jóvenes: la tasa de suicidio en adolescentes de 15 a 19 años se disparó 114% entre 2017 y 2022, según datos del propio Inegi sistematizados por la UNAM. Estudios de la Facultad de Psicología de esa misma casa de estudios estiman que nueve de cada diez jóvenes mexicanas y mexicanos presentan síntomas de ansiedad, depresión o estrés, pero no acceden a servicios de salud mental. No es que las muchachas y los muchachos prefieran una máquina: muchas veces la máquina es lo único que contesta.
Entiendo por qué ocurre. Es más fácil escribirle a un algoritmo que a un padre ocupado, a una madre cansada, a un maestro saturado, a un terapeuta que cuesta lo que muchas familias no tienen. La inteligencia artificial llena un vacío que nosotros —la generación adulta, las instituciones, las familias— dejamos abierto. El dato no acusa a los jóvenes. Nos acusa a los demás.
Aquí la discusión deja de ser tecnológica y se vuelve cívica. Una democracia necesita ciudadanas y ciudadanos capaces de pensar por cuenta propia: de argumentar, de dudar, de equivocarse por escrito, de sostener una idea incluso cuando no tiene likes. Si desde la universidad delegamos esa capacidad un sistema automatizado, ¿con qué vamos a dialogar mañana? ¿Con qué voz propia vamos a votar, a marchar, a exigir? La pregunta que plantea la autoridad educativa es legítima —qué evaluar, cómo enseñar— pero debajo hay otra más honda: qué tipo de ciudadanas y ciudadanos estamos formando cuando el debate y el control de emociones emigran al mismo lugar.
Los y las jóvenes resuelven sus tareas con IA mientras sus escuelas todavía discuten si es trampa. O las escuelas prohíben celulares en clase porque no encontraron otra forma de recuperar la atención. Ninguno de los dos extremos funciona. Prohibir es ingenuo; abandonar es irresponsable. En medio hay un trabajo que no puede subcontratarse: sentarnos con quienes nos rodean —hijas e hijos, sobrinas y sobrinos, alumnas y alumnos, amigas y amigos— y preguntarles qué están pensando, qué están sintiendo, a quién le están hablando cuando nadie los ve.
La inteligencia artificial no va a desaparecer. Lo que sí puede desaparecer, si no ponemos atención, es la capacidad de dialogar, de reír, de llorar con alguien, de defender una idea con palabras propias. Esa costumbre es, al final, el material con el que se construye una ciudadanía.
A mis hijas e hijo todavía no tengo que explicarles nada de esto. Pero llegará el día. Y cuando llegue, no quiero que a sea a la IA la que las y lo escuche. Más #Ciudadanitos, por favor.