Las guardianas de la memoria saltillense: el hilo invisible de nuestra historia
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Hablar de las madres y abuelas saltillenses es hablar de la columna vertebral de nuestra cultura
Es curioso observar cómo la identidad femenina puede entrelazarse con el paisaje que la rodea y la ciudad que habitamos. Es curioso observar cómo sobrevive el patrimonio que fue de nuestros ancestros, porque ellos lo construyeron y lo resguardaron para nosotros, nuestros hijos y nietos y las generaciones venideras; porque el Saltillo de barrio ha perdurado a través del tiempo y convive y marcha con el de hoy, el otro Saltillo que crece afanoso y dinámico conforme lo exige la modernidad. ¿Nuestra historia tiene un hilo conductor? ¿Una cartografía que señale los lugares y senderos de la vida cotidiana?
Sí hay una cartografía invisible en Saltillo que no aparece en los planos del Archivo Municipal ni en los de ninguna mapoteca o biblioteca. Es una geografía de afectos, trazada por esas mujeres que, generación tras generación, han sostenido el peso de nuestra identidad. Hablar de las madres y abuelas saltillenses es hablar de la columna vertebral de nuestra cultura. El Saltillo de barrio evoca aún la vida cotidiana de las familias, donde las abuelas y madres eran el eje central del comercio y la conducta familiar.
Si nos asomamos al tiempo, seguramente veremos a las mamás de antes gozar de la Alameda con sus hijos: uno en brazos o en hombros para correr tras el otro que pedalea veloz en la bicicleta y cuidar al que da zancadas con los patines. También se encuentran en el silencio cómplice de las cocinas paternas, donde el vapor de las ollas parece cobijar los secretos mejor guardados de la familia. La madre saltillense tiene una madera especial: es recia como el clima de esta tierra y posee a la vez la suavidad del sarape que cobija cuando el frío de la incertidumbre y el dolor arrecian.
Ser madre en estas latitudes siempre ha sido un acto de resistencia. Hay un hilo conductor desde aquellas antecesoras que lavaban la ropa en el riachuelo de los ojos de agua hasta las profesionales de hoy que conquistan espacios en la industria y la empresa sin soltar la mano de sus hijos: el sacrificio que no se queja y el amor que se vuelve magisterio y guía. Ellas son nuestras primeras historiadoras: en sus relatos de sobremesa y en la quietud del atardecer en el zaguán, aprendimos quiénes éramos antes de saber leer. Ellas son las guardianas de la memoria saltillense y las sabias curadoras del secreto de la rueca que hila el cordel invisible de la historia cotidiana.
Hoy, más allá del festejo de calendario y las flores que se marchitan, habría que rendirles tributo reconociendo su labor silenciosa. Porque si Saltillo sigue siendo esta ciudad que se niega a perder su alma provinciana en medio de la modernidad, es porque todavía hay madres y abuelas que han sabido preservar lo sagrado: la mesa compartida, la palabra empeñada y esa fe inquebrantable en que, pase lo que pase, mañana el sol volverá a iluminar el Cerro del Pueblo y en la primavera del patio volverán a florecer el crespón y el plúmbago.
A todas ellas, las madres que están y las que ya son memoria viva en nuestros corazones, debemos gratitud por enseñarnos que la forma más alta de amor e inteligencia es, sin duda, la ternura. Los sinónimos de madre: “causa”, “origen” y “raíz”, siguen siendo los mismos y se sitúan siempre en un contexto de amor y de ternura, envuelto en el de coraje y valentía, concepto que no ha podido liar en sus bártulos la propia evolución de la humanidad, que todo cambia.
Digamos hoy una oración por las madres buscadoras mexicanas, por nuestras coahuilenses, que luchan incansables por sus hijos desaparecidos; las valientes madres que dejan todo para dedicarse en cuerpo y alma a encontrar otro cuerpo, quién sabe si un pedazo o unos cuantos huesos, los de sus propios hijos e hijas plagiados, desaparecidos, asesinados, perdidos entre infinitos restos humanos en fosas comunes, o sepultados bajo las piedras y la soledad del monte, custodiados sólo por las yucas y las lechuguillas de la llanura norteña. Oremos.