Los caciques del XXI
Los caciques de antaño eran perfectamente reconocibles. Allá en mis años niños, en Acapulco conocí a uno que se llamaba Alfredo López Cisneros, pero se le reconocía más por su apodo, El “rey Lopitos”. Era un tipo feo como la noche que se perdió en coche, y lo era por fuera y por dentro. Se le daba el “verbo”, tenía facilidad de palabra, era un engatusador profesional. Se vendía como defensor de los más necesitados. Sus dominios se situaban en una colonia porteña llamada La Laja. Cuando hacía sus marchas echaba por delante a las mujeres y los niños, él en medio a caballo y atrás los hombres. Lo asesinaron a balazos el 4 de agosto de 1967.
En el pasado el cacique era un tipo de bigote, tenía hasta retrato oficial, tierras y sobre todo una privilegiada memoria. En sus lares no había que romperse la cabeza para identificarlo. Él mandaba y resolvía cuando había algún problema. Era una especie de “padrino” siciliano. El ente hacía “favores”, controlaba licencias, empleos, sanciones y por supuesto SILENCIOS. No había que romperse mucho la cabeza para entender el funcionamiento del “sistemita”. Yo te arreglo tu bronca y tú me pagas con lealtad. La corrupción se quedaba en casa, en decir en la comunidad que estaba bajo sus botas. Toda la ropa sucia se lavaba en casa.
Hoy día ya no los encuentra en la sala de su casa, o en la oficina en la que hacía sus trinquetes, ya no hay fotografías. Esto ha cambiado muchísimo. Ahora el escenario cambió a despachos ministeriales en los que abundan el cristal y el hierro, edificios enormes. Hoy hacen viajes internacionales y los teléfonos tienen agenda cifrada. El cacique de estos días tiene ahora hasta grados académicos. Ha aprendido inglés y hasta francés. Su lenguaje es más refinado, hasta el léxico es otro, el favor ahora se denomina gestión y consultoría e intermediación, en lugar de “comisión”, hoy no se trata de “colocar a alguien”, sino de que se abre una oportunidad y se contratan asesores.
No nos hagamos tontos, el caciquismo no deja de serlo porque estemos en otro siglo, es el de siempre, abrir accesos privilegiados a cambio de “retornos” privados. Nomás que ahora es más fifí. Hoy se controlan adjudicaciones y subvenciones. Cambió el objeto. Otro detalle, el “cacique” de antaño era visible, el de ahora es más sutil. El cacique de ayer se afianzaba en relaciones personales, el de ahora salió más picudo, se apoltrona en estructuras complejas que difuminan su responsabilidad. Para el caso es lo mismo. Son igual de dañinos.
También es pertinente destacar que el ecosistema del pillastre de hoy es menos confortable, toda vez que éste tiene que convivir con la prensa, la oposición –que es la que se le va a la yugular-, con jueces, con los medios de comunicación. Los silencios institucionales son historia. Hoy se tienen que cuidar de que no los agarren con las manos en la masa, y si los agarran que se arme un galimatías sin pies ni cabeza, y salir sin mácula.
Los estudiosos del tema han hecho una clasificación de estos nefastos individuos, se los comparto: 1. El narco funcionario. Es el que tiene el control territorial por la vía de los sindicatos, los padrones de beneficiarios sociales o maquinaria electoral. Actúan como intermediarios entre las bases de votantes y el Estado, condicionando apoyos, obras públicas o subsidios a cambio de lealtad absoluta y votos. 2. El “narco-cacique”. En muchas regiones, el poder político tradicional se ha fusionado o ha sido desplazado por grupos delictivos. Estos líderes ejercen control territorial mediante la violencia y la extorsión, reemplazando la autoridad del Estado y decidiendo quién puede producir, comerciar o transitar libremente en sus zonas de influencia. 3. Las élites económicas y oligarcas. Algunos analistas extienden el concepto al ámbito económico, señalando a grandes empresarios o monopolios que ejercen un poder desproporcionado. Estos actores influyen en la creación de leyes, privatizan beneficios públicos y limitan la competencia, imponiendo sus intereses por encima del bienestar general. 4. Caciques digitales. El poder ha llegado a las plataformas tecnológicas, donde magnates, creadores de comunidades masivas o empresas concentran el discurso, controlan las narrativas y moldean la opinión pública global de manera unilateral. Mecanismos de control actual: Dependencia económica: Monopolizan empleos locales, permisos de construcción o acceso a programas sociales. Coerción y violencia: Uso de grupos armados privados o vínculos con el crimen organizado para infundir miedo y silenciar a la oposición. Clientelismo: Creación de redes de favores donde la lealtad se premia con prebendas y la disidencia se castiga con la marginación”.
Así las cosas. Analice bien por quién va a votar el próximo 7 de junio. Necesitamos personas honestas y preparadas en el Poder Legislativo de nuestra noble tierra. Sueño con personas honorables dirigiendo a la comunidad en el ámbito de sus competencias. Sí las hay, y me parece que son más que los sinvergüenzas, pero se notan más. De ser mayoría nefasta ya hace mucho que hubiéramos desaparecido del mapa. Que la ética sea pública, necesitamos pensar en millones de niños y jóvenes. ¿Cuál será su futuro?