México: La cultura del milagro y del esfuerzo
COMPARTIR
La afición nacional, que sueña con alzar una copa, pero no le importa en absoluto que el torneo local se esté cayendo a pedazos, cada vez más devaluado y desprestigiado con respecto al de otras latitudes
No voy a alegrarme por la derrota de la escuadra mexicana, pese a que la predije. Y vamos: tampoco es que necesitara un oráculo o ser un Martinoli para anticipar el resultado más probable, basado en un hecho simple, llano y objetivo que ni siquiera un neófito como yo puede ignorar: el futbol inglés es superior al mexicano.
Ya leo, sin embargo, los consabidos comentarios de que “los muchaches” jugaron con garra y corazón, que estuvieron a la altura y que –en suma– no hay nada qué reprochar.
Ello constituye un peligroso autoengaño. Si en un encuentro México se disputa al tú por tú con una potencia futbolística como lo son los propios inventores del juego –o si incluso les hubiesen llegado a ganar–, se crearía la falsa impresión de que el fut mexa es tan bueno como el de los ingleses... y ni de churro.
Vamos a suponer que los aztecas hubiesen eliminado a los anglosajones. El país entero estaría flipando en colores, sí. Pero... ¿significaría de verdad que el futbol mexicano, como deporte organizado bajo una federación y diversas ligas profesionales, amateurs e infantiles, es una maquinaria funcional y bien aceitada, capaz de detectar el talento, arroparlo y llevarlo al ámbito profesional, elevando la calidad de su torneo estelar como uno de los mejores del mundo y exportando figuras como una constante y no como garbanzos de a libra?
No. Haber eliminado a Inglaterra sólo podría significar que ese día en particular los once titulares salieron inspirados a la cancha, que se la partieron con relativo éxito y que el entrenador tuvo el buen tino de no ordenar alguna estupidez. O quizás fue sólo que al rival le pesaron los factores adversos, pero todo una mera circunstancia.
Y ese es precisamente el problema de la afición mexicana: que está dispuesta a creer “no matter what”. Quiero decir que el aficionado mira jugar a su selección esperando un golpe de inspiración combinado con otro de suerte, un milagro del esfuerzo; y ello es ingenuo o poco práctico, por no decir tonto.
A una cita mundialista se llega a constatar que la forma en que se ha venido administrando el deporte en los últimos años es la correcta. Y ya le digo, esto no ofrece ninguna certeza, pero sí mejores posibilidades.
No creo estar diciendo una obviedad. Seguro que muchos lo ven con esa perspectiva tan corta: “¡Hay que salir a partírsela y dejar la piel en la cancha!”, como único medio de lograr un objetivo.
Y sí, es importante salir a jugar con pasión, pero se tienen mejores chances cuando existe un antecedente técnico y administrativo de varios años como respaldo.
¿Será que la pura entrega, el arrojo y el coraje le pueden conseguir un campeonato a México en algún momento dado? Sí, pero será altamente improbable (podemos morir todos sin atestiguarlo jamás); será una chiripa que dependerá más de una combinación de factores externos y aleatorios; será imposible de replicar y, en todo caso, será un mérito exclusivo de los jugadores y su cuerpo técnico, nunca de México como país o identidad, ni mucho menos de su organización futbolera.
Es un problema muy humano, aunque propio de una gran inmadurez, el estar tan obsesionados con el éxito que nos olvidamos por completo del deseo de mejorar. Así la afición nacional, que sueña con alzar una copa, pero no le importa en absoluto que el torneo local se esté cayendo a pedazos, cada vez más devaluado y desprestigiado con respecto al de otras latitudes.
Dejé de ver futbol a los 15 años (en 1988) porque desde entonces me pareció absurdo que el certamen anual se partiera en dos minitorneos para que la Federación Mexicana de Futbol (FMF) tuviera dos liguillas, dos finales y el doble de ganancias cada año. Para mí eso significó el abaratamiento total del campeonato y mi divorcio del “fuchibol”.
Mi amigo, monero y periodista, Alán Sánchez (“Pepe San”), quien sí está versado y actualizado en estos temas, aduce algunos problemas concretos que no permiten crecer a este deporte tan importante para tantos mexicanos: “La eliminación del ‘descenso’, el exceso de jugadores extranjeros (supongo que se refiere a pagar millonadas por el talento de otros países en lugar de desarrollarlo aquí mismo); dejar de participar en torneos como Libertadores o Copa América e inflar a jugadores que sólo están para vender pendejaditas...”.
Su diagnóstico es brutal, pero puntual, y no es como que esté descubriendo el hilo negro (sí, le repito, hasta yo lo puedo entender). Básicamente, están haciendo con el futbol lo mismo que han hecho con la educación mexicana: se eliminó la participación de México en las mediciones internacionales (pruebas y evaluaciones) y se anularon los mecanismos de recompensa o de penalización para el bajo rendimiento. No hay descenso, tampoco hay reprobados. Y las plazas –en la cancha o en las aulas– sirven únicamente para pagar favores y mantener el control de un gremio que opera como empresa.
No sé si usted ve la analogía con tanta claridad como yo creo verla. Pero si tengo razón, el éxito de México en cualquier campo, como la ciencia, la tecnología e incluso las artes, será siempre un accidente; un logro del coraje individual, pero nunca el resultado de un régimen que por sistema detecta, desarrolla, promueve, aprovecha e incluso exporta el talento.
Aun así, habremos de celebrar dichos triunfos –futbolísticos o académicos– como una demostración folclórica de que “el mexicano todo lo puede”. Y en un estricto sentido, claro que lo podemos todo. Si no somos una subespecie. Lo podemos todo, al igual que los ciudadanos de cualquier otra nación del mundo. No tenemos nada de especial en ese sentido, ni a favor ni en contra.
El reto, sin embargo, es construir la base organizativa, la estructura institucional y la madurez social para que el éxito no sea un accidente, una chiripa, un milagro o un producto eventual del esfuerzo bruto, sino el resultado más probable dada la manera en que hacemos las cosas cotidianamente.