Sheinbaum, ¿Ortiz Rubio o Cárdenas?
COMPARTIR
Claudia Sheinbaum tiene la última palabra: o se somete como Ortiz Rubio o asume el poder que le dieron las urnas y que le da la Constitución, como Cárdenas
La Constitución de 1917, en su artículo 83, establecía periodos presidenciales de cuatro años, sin derecho a reelección, fuera inmediata o intermitente. Una vez que el grupo Sonora, encabezado por Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, se apoderó del país, reformó la carta magna para permitir la reelección intermitente y extender el mandato presidencial a seis años. Obregón gobernó de 1920 a 1924 y le dejó el poder a Calles de 1924 a 1928. El objetivo era que Obregón regresara en 1928 por un periodo de seis años, pero lo asesinaron.
El deceso de Obregón cambió el juego y reenfocó los objetivos del nuevo “jefe máximo de la Revolución”: Calles. Muerto su líder, no tenía intención de dejar el poder. Es así como inicia el “Maximato”: un sexenio (1928-1934), tres presidentes y un sólo jefe, Plutarco Elías Calles, el mismo que en 1929 fundó el Partido Nacional Revolucionario, hoy PRI.
Los tres presidentes, Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez, se supeditaron a las órdenes de Calles. El primero asumió de forma provisional tras la muerte de Obregón, el candidato ganador. El Jefe Máximo no podía quedarse en el poder y ordenó al Congreso designar a un incondicional suyo. Después, se convocó a nuevas elecciones, que se celebraron en noviembre de 1929. Para entonces, Calles ya había aglutinado a las fuerzas revolucionarias en un partido.
Con miras a las elecciones de 1929, ante las muy escasas, pero repentinas rebeldías de Portes Gil, Calles optó por un personaje mucho más manejable: Pascual Ortiz Rubio, quien se desempeñaba como embajador en Brasil cuando se anunció su candidatura. Era poco conocido, sin carisma, pero contaba con todo el poder de Calles. La piedrota en el zapato fue el muy popular José Vasconcelos. No obstante, mediante el fraude y la fuerza lograron imponer a Ortiz Rubio.
Así se inauguró el PRI: con dedazo y fraude.
Pascual Ortiz Rubio sólo aguantó dos años de irrelevancia. Fue la mofa de un país entero que sabía que él no gobernaba. Ante lo evidente, renunció en 1932. A Calles poco le importó y ordenó al Congreso nombrar a otro de sus leales: Abelardo L. Rodríguez.
El control fue tal que Calles asumió la cartera de Hacienda en los últimos meses: no le fueran a fallar las cuentas. Tanto era su poder que se sintió cómodo –el mando tras bambalinas se ejercía con mayor fuerza– y ordenó reformar la Constitución en 1933 para prohibir cualquier tipo de reelección.
El choque vino en 1934. Apostando a la continuación de su Maximato, nombró a Lázaro Cárdenas candidato del partido oficial. El postulante le fue leal hasta donde pudo. Calles era más nacionalista; Cárdenas seguía la línea socialista de Stalin, que estaba en su apogeo. Pero debía moderarse ante las fuerzas vivas del Partido de la Revolución. El presidente Cárdenas convivió seis meses con Calles, pero en junio de 1935 el conflicto estalló, el partido se alineó con Cárdenas y Calles terminó en el exilio. Lo demás es una historia que termina el 2 de julio de 2000.
Desde 1935, ningún expresidente ha ejercido tanto poder en un gobierno ajeno como Andrés Manuel López Obrador. Él mismo lo advirtió, desde el Zócalo de la Ciudad de México, y lo hizo con una comparación histórica. Muchos en México aún creían que López Obrador terminaría decantándose por Marcelo Ebrard. Desde sus ínfulas de grandeza reprendió a Lázaro Cárdenas por la decisión que tomó en 1940. Poco le faltó para llamarlo traidor, por haber apoyado a Manuel Ávila Camacho y no a Francisco J. Múgica. Le entregó el poder a la centroderecha del régimen en vez de profundizar el proyecto del socialismo a la mexicana. AMLO advirtió que él no haría eso. Él iba con Múgica; es decir, él iba con Sheinbaum, no con Ebrard. Esa fue la instrucción y toda la estructura del régimen la aceptó.
Estamos terminando un agosto demasiado agitado. Le quitaron la visa a Andy y éste se asumió, desde su irrelevancia ridícula, como depositario de la soberanía nacional. El huachicol, el narcotráfico y Estados Unidos traen al gobierno desgastado. Un marino, traído desde Argentina, es la clave de toda la trama criminal que llega hasta el hijo del “Jefe Máximo” de la llamada “transformación”. Para cerrar el mes, llega el narcogobernador Rocha Moya y, sin avisarle a la Presidenta, retoma el poder por unas horas. Sabemos que Rocha no se manda solo; creerlo es de ilusos. Todas las pistas de este intenso y polémico agosto de 2026 llevan a Palenque, como antes, entre 1928 y 1934, llegaban a la colonia Anzures, donde despachaba el expresidente Calles.
La crisis interna en el régimen es obvia. Sólo gastan saliva y letras quienes nos quieren convencer de lo contrario. Está claro que se trata de una lucha de poder entre el “Jefe Máximo” y la titular constitucional del Poder Ejecutivo Federal. A todas luces, en el Rocha affaire, el asalto lo ganó Palacio Nacional. Palenque tuvo que ceder.
Ahora toca ver si se trató de un knockout o de una negociación. Si la Presidenta y sus leales obligaron a Rocha a dejar el poder, toca llevar el asunto hasta sus últimas consecuencias: procesarlo en México o entregarlo a Estados Unidos. De lo contrario, el pacto entre la presidenta constitucional y el de Palenque será más que evidente.
Quien tiene la última palabra es Claudia Sheinbaum: o se somete como Ortiz Rubio o asume el poder que le dieron las urnas y que le da la Constitución, como Cárdenas.
Facebook: Chuy Ramírez