Una vida a la vez. Sobre el abrirse al mundo
COMPARTIR
No hay salvavidas que nos libren de los vendavales, como esos que cayeron sobre los árboles con fuerza y lluvia
A Patricia Gutiérrez Manzur
No hay otro mundo humano más que este, el cual, por supuesto, puede ser modificado por una acumulación de acciones colectivas sostenidas en el tiempo. Pero hoy quiero ser simple en un deseo: vivir una vida, un día a la vez. Este lunes es fin de semana, pues es mi descanso laboral. He decidido cuidar mi pequeño jardín: dar hondura a los cajetes, observar las flores, entregarles agua, subir al techo de la cochera gracias a una escalera que me regalaron hace un par de meses, para no estarla pidiendo prestada a un amigo, y poder así desprender manzanas y ciruelos de las partes más altas, y hoy, los frutos negros del aguacate que todavía sigue brindando sus aceites.
También me quedo arriba un rato en el techo, contando las copas de los árboles que hay frente a mi casa. Me gusta enumerarlas –no sé por qué–, ver cómo hay quienes aún valoran tener ese verdor y no ven “basura” que cae al asfalto en las esplendentes hojas que se desprenden decorando el vecindario.
Hay un montón de libros que me esperan, pero hoy culminaré uno excelso de la filósofa española María Zambrano; su nombre es “Claros del Bosque”. Aquí un fragmento: “Arriba, en la luz, el corazón se abandona, se entrega. Se recoge. Se aduerme al fin ya sin pena. En la luz que acoge donde no se padece violencia alguna, pues que se ha llegado allí, a esa luz, sin forzar ninguna puerta y aun sin abrirla, sin haber atravesado dinteles de luz y de sombra, sin esfuerzo y sin protección”.
María Zambrano se exilió en México en 1939, gracias al apoyo del poeta mexicano Alfonso Reyes. Su salida de España ocurrió luego de la victoria del general fascista Francisco Franco en la guerra civil, lo que puso en peligro su vida debido a sus ideas republicanas y a su activismo en defensa de la Segunda República, que buscaba construir un proyecto democrático para transformar a su país a través de la cultura, la educación y la justicia social, participando en las llamadas misiones pedagógicas que llevaban libros, arte y educación a los pueblos olvidados, para transformarlos a través del saber. Desestimó su elección inicial de militancia política por una postura ética centrada en la defensa de la dignidad humana, la justicia social y el socialismo democrático, el cual se opone radicalmente a los modelos de partido único, así como a las dictaduras burocráticas asociadas al comunismo soviético o al marxismo-leninismo.
Y sí, no todo es luz; este es un mundo peligroso, sobre todo para las mujeres. Pero, como dijera Francis Bacon, o una frase atribuida a él: “La conciencia del peligro es ya la mitad de la seguridad”. Incluso en este contexto, elegir la luz, abrirse a la vida, al asombro, también al daño que viene luego de un destello tan intenso, pues uno no lo vio. Después de todo, esto fue lo que pasó para experimentar el cuerpo.
No hay salvavidas que nos libren de los vendavales, como esos que cayeron sobre los árboles con fuerza y lluvia, arrancando con sus manos de viento frutos para mí, depositados como alfombra oscura en el territorio del jardín y que pude recoger con facilidad. Sí, hay mucho de vulnerabilidad y es necesaria para construir la solidaridad porque de pronto uno sabe que todos somos vulnerables; incluso aquellos que compran la seguridad con equipos de guardaespaldas, alguna vez no habrá alguien salvándoles el cuerpo.
Caminar con paso lento, detenerse en los tomates y en las calabazas que hay en la nevera, cortar cebollas, alimentar el cuerpo y el alma porque son uno solo. Recordar necesitar menos cosas, hacer más y crear más. Llenarse de la fuerza de ser y abrir por la tarde la casa a la amistad, escucharle como si el tiempo no fuera importante, reír. Procurarle bebidas sencillas y radiantes como agua con sal y limón, uno de esos pequeños placeres que da la alegría. Y recordar lo dejado de lado: “el olvidado asombro de estar vivos”, que proclamara en un poema Octavio Paz.
El vocablo “abrir” proviene del latín aperire, de igual significado, el cual luego cambió la p por la b (lo mismo que le ocurrió a apícula para terminar como abícula, y que significa abeja). De este verbo también provienen las palabras abril y aperitivo.