Poco después del paso de Miguel Hidalgo y los insurgentes por Saltillo, cuando sus principales dirigentes ya habían sido capturados, una orden eclesiástica pidió a los sacerdotes combatir las ideas rebeldes desde el púlpito, el confesionario y hasta las conversaciones familiares. Una copia de esto sobrevivió en el Libro de Gobierno de San Esteban.
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