El ‘jogo bonito’ de la izquierda brasileña

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Opinión
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Aplaudir la derrota de la ultraderecha no lo vuelve a uno incondicional de todos los regímenes autoritarios que se presumen de izquierda

Cansada de enarbolar puras causas que la hacen quedar como una “astópida”, la secta oficialista celebró el triunfo de Lula en Brasil como si fuese una victoria propia.

Bueno, probablemente sí haya quienes consideran que la “izquierda” internacional constituye una corriente de pensamiento unificada, con altos principios y valores que se traducen en sociedades más plenas y felices, cuyos gobiernos, en un esfuerzo conjunto, impiden que la ultraderecha termine de imponer un nuevo orden mundial. Por lo cual, cada territorio ganado por un partido identificado como “de izquierda” es un bastión de resistencia recuperado que debe celebrarse por todo lo alto.

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Para ellos, toda mi compasión.

Pero desde luego están los que sólo necesitan validar de alguna manera el indefendible fracaso del presente régimen mexicano y suponen que el triunfo del octogenario senhor Da Silva es un espaldarazo y un aval para la 4T.

Yo celebro, por supuestísimo, el triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva, no sólo porque la otra opción era Bolsonaro 2.0, Flávio Bolsonaro, un auténtico facho respaldado por los peores fascistas del continente, como Milei y el mismísimo Donald Trump, quien habría intervenido con financiamiento ilegal para la campaña del hijo de su amigo, el expresidente Jair Bolsonaro.

¿Y ya por eso es digno de celebrarse el triunfo de Lula? Sí, pero ni de lejos bastaría con ello solamente.

A diferencia de la 4T, Lula parece tener un auténtico proyecto, de izquierda real y no sólo discursiva, con metas más claras y no meras ocurrencias unipersonales.

Sólo para abrir boca: pese a haber logrado en las urnas su cuarto mandato (cosa que de sólo imaginarla hace que Tata AMLO humedezca sus pañales), Da Silva no ha caído en la tentación de meter mano al orden institucional y secuestrar a los organismos judiciales y electorales.

Cada triunfo parece estar validado por elecciones limpias, libres y soberanas, es decir, democráticas. No huelen a conflicto de interés del árbitro electoral, ni a una cuestionable mayoría parlamentaria (de hecho, Lula tiene que negociar con un Congreso opositor), ni mucho menos pesa sobre él la sombra del financiamiento del crimen organizado o de procedencia extranjera.

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A diferencia del macuspano, a Da Silva se le percibe como un hombre de Estado que jamás ha mandado a las instituciones al diablo, ni en el discurso ni en la práctica.

Y a propósito de vérselas con un Congreso difícil, ya sea por eso mismo o por una auténtica vocación democrática, el brasileño ha tenido que negociar con los legisladores y tender puentes con la derecha moderada para sacar adelante algunos acuerdos; mientras que la mayoría calificada morenista (lograda con un fraude judicial) permitió, además de una serie de catastróficas reformas, que el presidente AMLO y ahora su sucesora y patiño den rienda suelta a la descalificación sistemática de la oposición y al ataque de sus adversarios personales, lo cual no es tan objetable de hacer como candidato, pero desde el poder adquiere una dimensión dictatorial.

Finalmente (aunque debe haber otras muchas diferencias sustanciales), los programas sociales implementados por Lula desde su primer periodo parecen mucho mejor focalizados, sujetos a resultados y a un compromiso real de los beneficiarios. Por ejemplo, la “Bolsa Familia” en Brasil, que reciben los hogares en situación de pobreza y pobreza extrema, exige la permanencia de los hijos en la escuela.

En cambio, la universalidad de la Pensión para el Bienestar de la 4T parece un acto de justicia social, pero lo cierto es que, pasado cierto nivel socioeconómico, aunque puede proveer cierta comodidad al incrementar el poder adquisitivo, ya no mejora realmente la calidad de vida y ello no está contribuyendo ni a la movilidad social ni a paliar los efectos de la pobreza, ni mucho menos a la productividad del país. Sólo da cierto confort que se traduce en votos... y deuda pública.

Desde luego, las gestiones de Da Silva no han estado exentas de escándalos de corrupción y él mismo tuvo que pasar una temporada a la sombra, pese a que el sistema acusatorio falló en demostrar su directa participación en un acto ilícito. Esto no lo convierte en un santo, desde luego, pero a falta de una culpabilidad judicialmente demostrada, tenemos que evaluarlo únicamente en su desempeño y resultados como gobernante.

Y si bien Lula también ha sido tibio a la hora de condenar dictaduras como las de Maduro, Ortega o la de los Castro/Díaz-Canel, al menos parece obedecer a una consistente política de no intervencionismo, y no a un oportunista y voluble afán de pronunciarse o no según convenga.

Así que tampoco en política exterior el brasileño se parece a los gobernantes de la 4T. No olvidemos que Lula ha buscado la participación de Brasil en las grandes ligas de la geopolítica, como la Unión Europea, y ha servido como mediador en foros como el G20 y ante las economías emergentes internacionales o BRICS. Mientras que a AMLO y a CLAUDIA les provoca urticaria la sola idea de participar en un foro de orden mundial. México ha estado ausente de la gran asamblea de las Naciones Unidas desde el inicio de la Transformación, régimen que prefiere enarbolar un nacionalismo decrépito, más emparentado con el aislacionismo propio de las dictaduras. Adiós por lo pronto a la inserción de México en el concierto mundial, como no sea en una federación de repúblicas bananeras, con Venezuela, Nicaragua y Cuba.

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Es innegable que es una gran noticia que Lula haya logrado patear el trasero de Trump y de “Bolsonairinho”, ahuyentando de momento el fantasma de la ultraderecha en esa importante porción del continente.

¡Qué tan corrompida no estará la candidatura de Flávio Bolsonaro que el Gobierno de EU se apresuró a sacarlo de Brasil y a darle asilo!

Es el factor Trump el que parece pesar más en el ánimo de la opinión internacional a la hora de reaccionar sobre el resultado en Brasil: “Si somos aliados de Trump y la ultraderecha, la impugnamos y la tachamos de fraudulenta”.

Pero, si como cualquier persona medianamente normal, repudiamos la política de Trump, no es necesario ser un antiyanqui de caricatura o un incondicional de las dictaduras latinoamericanas para considerar que el triunfo de Lula era el mejor escenario posible.

No será la panacea para todos los problemas de una sociedad tan compleja como la brasileña, pero desde luego era la única opción razonable en la boleta.

Aplaudir la derrota de la ultraderecha no lo vuelve a uno incondicional de todos los regímenes autoritarios que se presumen de izquierda.

Y, desde luego, que la 4T se sume a la algarabía por el triunfo de Da Silva no equipara su desastre con un proyecto razonablemente exitoso como el que está consolidándose en Brasil. Mucho le falta a la “izquierda” mexicana para dominar el “jogo bonito” y AMLO está a un continente de distancia de ser Lula.

Columna: Nación Petatiux

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