Guía para no hacer el oso en el 2026
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Los abusos cometidos por Trump y del gobierno de México son proporcionales a su poderío e influencia global, pero son ambos producto del mismo populismo que tiene en jaque a la democracia de todo el mundo
Cada año representa una nueva oportunidad para hacer el ridículo y quedar como unos perfectos imbéciles.
Evitémoslo, por más que algunos estén aprovechando el 2026 desde el primer minuto para confirmarnos la sospecha de que no completan dos dedos de frente.
A propósito del 2026, comenzó bravo. Y la primera oportunidad de exhibir déficit cognitivo nos la dio la aprehensión del dictador Nicolás Maduro. Se vale opinar, pero hay que tener cuidado porque es muy fácil largar una pelotudez, sobre todo si nos dejamos llevar por el prejuicio, la ideología o las narrativas por encima de los hechos.
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Primero, no caigamos en una falsa dicotomía: Maduro es un tirano, su régimen destruyó el Estado de derecho y la economía. Es responsable de muertes y encarcelamientos políticos y no ha permitido que se lleven a cabo elecciones libres.
Pero lo anterior no está reñido con la ilegalidad del operativo para la aprehensión y traslado del camarada Maduro. La acción ordenada por Trump parece ilegal incluso dentro del propio marco jurídico norteamericano.
Como verá, no tiene que caerle bien uno para criticar al otro. Ver al camarada Superbigote caído en la desgracia nos puede causar regocijo, pero ello no necesariamente significa aplaudir la acción de Donald Trump. Alguien dijo, y dijo bien: “Ocurrió lo mejor de la peor manera”.
Pero por increíble que parezca (y esto no es trivial), hoy Estados Unidos no le está jugando al “Team America” como procuradores de paz, justicia y democracia del mundo. Trump dejó en claro que su intervención “no es política”, que no detuvo a Maduro por ser un dictador hideputa, sino por narcotráfico, ahora bajo la modalidad de “narcoterrorismo”.
En un estricto sentido, los gringos lo detuvieron como individuo y no como jefe de Estado (eso habría sido incidental). El chavismo, no obstante, sigue gobernando; el gabinete de Maduro apenas se despeinó, hay continuidad para sus ministros y el Ejército. Así que el único gusto para los venezolanos fue el haber visto al payaso Nicolás esposado y flanqueado por militares yanquis, pero esto no les trae la libertad, cosa que, por otro lado, tampoco se les prometió.
Aun así, si para muchos nos resulta lindo ver al “Javier Alatorre malo” sometido en el banquillo de los acusados, protagonizando un aluvión de memes, imagínese entonces el regalo que esto representa para su pueblo oprimido. No se lo regatee. Es probablemente el único gusto que tendrán en mucho, mucho tiempo, porque su futuro sigue siendo muy incierto.
¿Qué? ¿Que si no me gustaría ver a Donald J. Trump pagando sus fechorías? ¡Obvio que sí! Y ese no sería un regalo para unos cuantos, sería un regalo para el mundo entero.
Pero justo ahora goza de un poder irrestricto, gracias al populismo que nos ha metido en una crisis de gobernabilidad, orden y democracia a nivel mundial. Ese mismo populismo que –en otro contexto– aplauden rabiosamente quienes más se quejan de los excesos trumpistas (¡dah!).
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Pero ni cómo pronunciarse de manera firme y categórica frente a Donald J. Trump: cómo condenar sus abusos, su desapego a la ley, su falta de mesura y de madre, si todo ello ha sido posibilitado por la desaparición de los contrapesos, la coacción del Poder Judicial y el desmantelamiento del sistema electoral, justo como lo estamos llevando a cabo en nuestro país.
Los abusos cometidos por Trump y por el gobierno de México son proporcionales a su poderío e influencia global, pero son ambos producto del mismo populismo que tiene en jaque a la democracia de todo el mundo, y no exagero con esto, por más que me gustaría que sólo fuese una hipérbole retórica.
Los más rabiosos antiimperialistas (que suelen ser de la izquierda trasnochada, esa que cree que ser izquierda es necesaria y únicamente ser antiyanqui) olvidan dos que tres cosillas: 1) Que en su efectivamente largo historial de invasiones, Estados Unidos se había moderado conforme el poderío comercial parecía redituar mejor que el poder bélico. 2) Que no todas las intervenciones fueron arbitrarias (muchas fueron en contra de amenazas reales para los países aliados, según lo acordado tras la Segunda Guerra); esta involución de regreso a la fuerza bruta imperialista de EU es, otra vez, consecuencia del populismo. 3) Que EU no es la única potencia que ha hecho incontables intervenciones arbitrarias a lo largo de su historia. Las hizo de igual forma la URSS durante la Guerra Fría, como las hace la Rusia actual con Ucrania, por ejemplo, en esta nueva etapa en la que ni es comunista ni adversario de EU... De hecho, parece que ambas potencias hoy se están entendiendo mejor que nunca en esta nueva fase neoexpansionista.
“¡Esto es un precedente para que EU haga lo mismo en cualquier otro país y venga a México a intervenirnos!”, me dicen casi en un grito de desesperación.
No necesariamente. Otra vez: Trump no fue por un presidente, fue por un presunto narcotraficante (sí lo es) y porque encuentra muy conveniente para los intereses gringos una “restitución” de parte de la industria petrolera venezolana (¿ilegal? Muy probablemente sí).
Pero no es el caso de México, en donde encuentra a un gobierno complaciente, dócil y hasta servil. Dicho sea de otro modo: Trump no tiene necesidad de pegarnos, si por las buenas entendemos muy bien y obedecemos sin chistar, particularmente en estos sumisos y agachones sexenios del macuspano y la doctora (“¿Cuántos narcos quiere, Mr. Trump? ¿Cuántos sorchos para cuidar la frontera le ponemos, patrón?”). Si quiere, no descartamos una intervención militar, pero de momento no parece necesaria.
No olvidemos que muchos se pronuncian con mayor vehemencia en contra del dictador o en contra del invasor, motivados no por una genuina búsqueda de la verdad o apego a lo que consideran justo. Mucha gentuza sólo se posiciona de acuerdo a la ideología que mejor responde a su comodidad o intereses. Si estás con la 4T, es seguro que nunca hagas mención de los crímenes de Maduro; y si eres opositor, es más que probable que obvies la ilegalidad de la maniobra yanqui.
“¡¿Y por qué la ONU no hace nada?! ¡Están de adorno!”, estos reclamos los encuentro especialmente irritantes (como chiste pasan, pero no como afirmación real). La ONU es efectiva en la medida en que sus países miembros acatan sus principios, normas y dictámenes. La ONU es tan fuerte como el compromiso de las naciones que la integran.
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¿Y qué han hecho los gobiernos populistas con la ONU cada vez que ésta o alguno de sus organismos en salud, educación o derechos humanos les hace un señalamiento, una observación o les llama a cuentas?
Pues desestimarla, ridiculizarla, minimizarla, regatearle la autoridad, hacerla a un lado, soslayarla... Pero cuando de repente el “bully” del continente le mete una madriza a uno de nuestros aliados ideológicos... Ahora sí, queremos que intervenga, que de un manotazo fuerte, que detenga de golpe cualquier acción (no vaya a ser que al bravucón le quede sabrosa la mano y venga por nosotros).
Pero hoy cualquier arbitraje internacional se antoja difícil: el derecho internacional está roto y no por la maniobra del 3 de enero, sino que ésta fue posible porque diversos gobiernos en todo el mundo (incluido México) han venido socavando el orden mundial y el pacto civilizatorio que nos daba esperanza.