Los leones también son humanos
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Gerson Gómez DETONA® Llegué al Club México Palestino Libanés, en San Pedro Garza García, con esa mezcla de expectativa y resaca moral
Plácido Garza le cede hoy la voz y su lugar a Gerson Gómez
Uno reserva para los eventos donde el arte contemporáneo se da la mano con el canapé frío.
El Noreste Art Fair Vol. 5 prometía exactamente lo de siempre.
Revelaciones estéticas, discursos inflamados y, sobre todo, una pasarela involuntaria de egos que se creen demasiado grandes para caber en una sala, pero caben perfectamente en una historia de Instagram.
La ocasión era por el 80 aniversario de Jorge García Murillo, lo cual añade a la ecuación una capa extra de solemnidad.
Porque si algo le encanta al ecosistema artístico es celebrar a sus propios santos en vida, siempre y cuando estos patronos sepan distinguir entre una mala pintura y una buena relación pública.
El aire acondicionado tan agresivo como el curador del evento.
Un frío calculado, quirúrgico, no buscaba refrescar sino disciplinar.
A la izquierda, una instalación que consistía en una serie de cajas apiladas con luces LED.
A la derecha, un performance en el que alguien respiraba dentro de una bolsa de plástico.
En medio, la gente: ese zoológico sofisticado donde cada espécimen ha aprendido a decir ”interesante” cuando en realidad quiere decir: ”No entiendo ni madres, pero no quiero quedar como ignorante”.
La feria había empezado desde antes, en los grupos de WhatsApp, en las listas de invitados, en los rumores de quién iba a estar y quién no.
Porque el arte, en Monterrey, no es tanto lo exhibido como se comenta. Y lo mencionado, casi siempre, es quién logró colarse.
Ahí estaban los coleccionistas: hombres con relojes valen por mucho lo mirado; mujeres con vestidos que parecen diseñados para intimidar a otras mujeres. Todos con la misma mirada entrenada.
Combina sospecha y superioridad. Miraban las piezas como si fueran inseguras de fraude, lo cual, en algunos casos, no es una hipótesis descabellada.
En una esquina, un joven artista explicaba su obra con la intensidad de quien cree que el mundo depende de su statement.
Hablaba de procesos, de territorios, de resignificaciones. Yo qué sé...
Asentía como quien escucha a un conspiranoico en el transporte público.
Con respeto, pero con distancia. La pieza era un lienzo blanco con línea negra.
Según él, representaba la fractura del sujeto contemporáneo. Según yo, representaba la urgencia de justificar cualquier cosa con palabras largas.
El alcohol empezó a circular con eficiencia sospechosa.
Vino blanco, vino tinto, cerveza artesanal. Porque nada legitima más una obra incomprensible a un buen trago.
Observé cómo las conversaciones se volvieron más fluidas, más audaces, más falsas. El arte dejaba de ser el centro para convertirse en pretexto.
Y entonces apareció Jorge. No entró. Irrumpió.
Como si el espacio hubiera sido diseñado para su llegada. Vestido con esa elegancia que solo los sobrevivientes varias décadas en el circuito cultural pueden permitirse. Avanzó entre saludos, abrazos y reverencias discretas. Era su mañana. Y todos lo sabían.
Lo rodearon de inmediato. Como si fuera un santo. Concede milagros en forma de validación crítica.
Porque en este mundo, una palabra de Jorge puede elevar una carrera o hundirla con la misma facilidad con la de uno decide si pide otro vino.
Me acerqué lo suficiente para escuchar fragmentos de conversaciones.
”Es fundamental”, decía alguien.
”Es arriesgado”, decía otro.
Palabras sin significado, y lo traducen todo.
Jorge sonreía con esa sonrisa, mezcla de paciencia y cálculo. Escuchaba. Asentía. Decía poco.
Sabe que el silencio, en ciertos contextos, es más poderoso que cualquier discurso.
Mientras tanto, la feria en su curso de choque.
Una galería presentaba esculturas hechas con materiales reciclados.
Otra apostaba por la pintura figurativa, como si quisiera demostrar que aún es posible representar algo reconocible sin pedir disculpas.
En un rincón, un videoarte proyectaba imágenes de una ciudad en ruinas. Nadie lo veía. Porque el videoarte, en estos eventos, es como el primo incómodo: todos saben que está ahí, pero nadie quiere interactuar demasiado.
Decidí recorrer el espacio con la disciplina de un cronista y el cinismo de un sobreviviente. Tomé notas mentales.
-El artista se fotografiaba con su propia obra como si fuera un turista.
-La curadora hablaba en inglés aunque todos entendieran español.
-El coleccionista preguntaba precios en voz baja, como si estuviera negociando un secreto de Estado.
Había algo profundamente teatral en todo aquello.
Una coreografía no ensayada pero perfectamente ejecutada.
Cada quien sabía su papel. El artista, el crítico, el galerista, el comprador. Todos participando en una obra mayor: la representación del arte como sistema.
Y en medio de todo eso, el humor involuntario.
Porque no hay nada más cómico que la seriedad con la que se toma lo absurdo.
Vi a un grupo discutir durante 10 minutos sobre la intención del vacío en una pieza que claramente no tenía intención alguna.
Escuché a alguien describir una obra como necesaria, como si el mundo estuviera esperando desesperadamente esa intervención estética para seguir girando.
La ironía era palpable. El sarcasmo, inevitable. El cinismo, casi obligatorio.
Pensé en cómo se vería todo esto desde afuera. Desde alguien no entrenado en este lenguaje.
Probablemente como una reunión de personas muy bien vestidas mirando cosas raras y diciendo palabras complicadas. Y, en esencia, no estaría equivocado.
Pero sería injusto quedarse ahí.
Porque, a pesar de todo, había momentos de verdad. Breves, casi imperceptibles.
-Una conversación honesta entre dos artistas.
-Una mirada genuina frente a una pieza.
-Un gesto de sorpresa no ensayado.
Esos momentos justificaban, de alguna manera, el resto del espectáculo.
Volví a cruzarme con Jorge más tarde. Esta vez estaba sentado, rodeado de gente, pero con una calma distinta.
Como si el ruido ya no lo afectara. Me acerqué lo suficiente para saludarlo. Intercambiamos algunas palabras. Nada memorable. Y, sin embargo, había algo en su forma de estar que imponía respeto.
No era solo su trayectoria. Era su capacidad para navegar este mundo sin perder del todo el sentido crítico. Algo, en estos contextos, es casi un acto de resistencia.
La mañana avanzaba.
El volumen de la música subió ligeramente. Las conversaciones se hicieron más ruidosas. Algunos ya mostraban los signos clásicos del exceso: risas demasiado largas, opiniones demasiado firmes, movimientos ligeramente torpes.
El arte, poco a poco, se diluía en la experiencia social.
Porque esa es, quizá, la verdad incómoda de estas ferias: son menos sobre arte y más sobre relaciones.
Sobre quién conoce a quién, quién saluda a quién, quién ignora a quién.
El arte es el telón de fondo. El verdadero espectáculo es humano.
Salí un momento al exterior. La organizadora confundió mi auto rojo con otro. Para moverlo. El camión de la basura estaba atorado. Necesitaba aire que no estuviera filtrado por expectativas.
Desde ahí, el club Palestino Libanés se veía como una cápsula. Un microcosmos donde se juega una versión muy específica del mundo.
Por supuesto mi auto estaba en otra área, aunque discreto y humilde, bien estacionado. No es un Mazda-3 sino un Versa 2018.
Me resistía a volver a entrar.
El ambiente había cambiado. O quizá yo había cambiado. Las mismas escenas, pero con otra luz. Más cruda. Más evidente.
Vi a un artista vender una obra y, en el mismo gesto, perder algo de su libertad.
-Vi a un coleccionista comprar una pieza y, en el mismo acto, adquirir una narrativa por contar.
-Vi a un galerista cerrar un trato con la precisión de un cirujano.
Todo funcionaba. Como un sistema perfectamente imperfecto.
La celebración de Jorge alcanzó su punto más alto con un breve discurso.
Agradecimientos, anécdotas, reflexiones. Nada fuera de lo esperado. Y, sin embargo, había algo auténtico en sus palabras. Tal vez porque, después de tantos años, ya no tenía que demostrar nada.
El aplauso fue largo. Sincero en algunos, estratégico en otros.
Y así, poco a poco, el medio día empezó a deshacerse.
La gente se fue yendo en capas. Primero los más importantes, luego quienes querían parecerlo, finalmente los que simplemente no querían irse pero no tenían razón para quedarse.
Yo me quedé un poco más.
Observando los restos. Las copas vacías, los catálogos olvidados, las obras seguían ahí, indiferentes a todo lo pasado a su alrededor.
Porque, al final, el arte permanece. Todo lo demás es ruido.
Salí del club con esa sensación extraña de estos eventos: una mezcla de fascinación y escepticismo. Como haber asistido a algo importante y, al mismo tiempo, completamente prescindible.
El Noreste Art Fair Vol. 5 había cumplido su función. Había reunido a la tribu. Había generado conversación. Había producido ventas, contactos, historias.
Y yo tenía una crónica.
Uno, inevitablemente, traiciona un poco a todos. Incluyéndome.
Porque escribir sobre este mundo es, en cierta forma, formar parte de él.
Criticarlo desde adentro. Reírse de sus excesos mientras se participa en ellos. Un acto de ironía. Un gesto de sarcasmo. Un ejercicio de cinismo. Y, quizá, también, una forma de cariño.
Y al final final, ya rumbo a mis dominios, no sabía si agradecerle al jefe Plácido haberme pedido que asistiera a este aquelarre cultural... o mentarle la madre, eso sí, respetuosamente, pero irreverente como él lo es y DETONA ® también.