El Callejón del Sauz, el nombre que el tiempo no pudo borrar

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Saltillo
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En 1652, un escribano saltillense anotó la palabra Sauz en un expediente. No podía saber que ese nombre sobreviviría 374 años, varias guerras, una epidemia, una lechería industrial y media docena de disposiciones oficiales que intentaron borrarlo. La Calle del Sauz es hoy el único topónimo de origen colonial que permanece vivo en Saltillo. Su historia es, en pequeño, la historia de la ciudad misma

Es probable que nunca haya escuchado su nombre. Es posible, incluso, que jamás haya cruzado por él sin saberlo. Sin embargo, ahí está: silencioso, por fortuna olvidado por muchos, pero firme en su identidad desde 1652.

En una ciudad donde las autoridades municipales han borrado y rebautizado calles con una constancia casi obsesiva, el Callejón del Sauz resiste. Su nombre original permanece intacto a través de los siglos, como si el tiempo hubiera decidido hacer una excepción con él.

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$!Nomenclatura actual del Callejón del Arroyo, el topónimo colonial más antiguo de la ciudad.

Para quienes quieran encontrarlo, las referencias son precisas: nace al sur de la calle Gómez Farías y termina muy cerca de donde comienza la calle Arteaga, corre de sur a norte hasta desembocar en el Callejón del Arroyo, otro pasaje igual de antiguo e igual de olvidado. Dos nombres viejos que se cruzan en una esquina que pocos conocen. Si desea llegar, hay un punto de referencia inconfundible: el Museo de la Batalla de la Angostura se encuentra justo en esa esquina. Que el nombre permanezca así. Hay algo valioso en un lugar que se niega a cambiar.

UN NOMBRE NACIDO DEL AGUA Y DEL POTRERO

En el Saltillo del siglo XVII, cuando la villa española no era más que un puñado de casas de adobe, los nombres de calles y callejones no los ponían los alcaldes ni los cabildos: los ponía la gente, al nombrar lo que veía.

A lo largo del Arroyo de La Tórtola, mencionado en documentos también como Las Tortolitas, la corriente que bajaba serpenteando desde el sur marcaba el límite oriental de la incipiente villa. A la vera de ese cauce, los sauces crecían en abundancia: árboles de ramas largas y péndulas que acompañaban el murmullo del agua en las tardes calurosas del verano saltillense. Nadie decretó el nombre del callejón. Nadie firmó un acta. El Sauz era, simplemente, el lugar donde estaban los sauces.

La primera vez que ese nombre aparece en un documento oficial es en 1652, en un expediente de pleito legal: la disputa por la restitución de los agostaderos y potreros del Sauz a favor de su legítimo dueño, Juan Recio de León. La ortografía vacila entre Saus y Sauz, pero el nombre ya estaba ahí, grabado en el papel. Tendría una vida de 374 años.

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EL PLEITO QUE DURÓ CIEN AÑOS

Lo que comenzó como un litigio ordinario por linderos y pastizales se convirtió en uno de los conflictos legales más prolongados del Saltillo colonial: el expediente de restitución de los agostaderos del Sauz permaneció abierto desde 1652 hasta 1757, más de un siglo de pleitos y apelaciones que pasaron de padres a hijos y de jueces a más jueces.

Que un litigio durara cien años no era excepcional en la justicia colonial, esto revela la importancia económica del sector. Los agostaderos del Sauz no eran tierras cualquiera: eran fuente de agua para el riego y pastoreo para el ganado de la villa. Cuando el pleito se cerró en 1757, el Saltillo ya se había transformado y las tierras que habían sido campo abierto al iniciarse el litigio habían comenzado su lenta vocación en barrio.

LA CIUDAD QUE AVANZA HACIA EL ORIENTE

El Callejón del Sauz nació como una vertiente natural de la antigua Calle de Santa Ana, hoy Guerrero, siguiendo el trazo que dictaba el Arroyo de Las Tortolitas. Fue la consecuencia inevitable de que la villa creciera en esa dirección y de que los vecinos fueran abriendo camino donde el agua ya había marcado la senda.

Durante el siglo XIX, el callejón cumplió una función precisa en la geografía urbana: era el límite oriental de la mancha habitacional. Más allá estaban todavía los campos y los corrales, la orilla indefinida donde la ciudad terminaba y el campo comenzaba. Sus vecinos eran propietarios modestos, artesanos y labradores que no podían costear una casa en las calles céntricas, pero que encontraban en esa orilla del poblado un lugar donde echar raíces.

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$!La Calle del Sauz y el Callejón del Arroyo conservan hasta hoy una nomenclatura heredada desde la época colonial, sobreviviente a siglos de transformaciones urbanas y cambios oficiales en el mapa de Saltillo.

LA GUERRA QUE PASÓ POR AQUÍ

En diciembre de 1846, el ejército del general Zachary Taylor ocupó Saltillo. Los soldados heridos y enfermos que traía consigo comenzaron a morir en la ciudad, muchos no por balas sino por enfermedades: disentería, tifoidea, fiebre, frío. El comandante militar ordenó construir un pequeño cercado de adobe al lado sur del panteón municipal —en las hoy calles de Matamoros y De la Fuente— para sepultar a los caídos.

El problema fue la ubicación. Las tumbas habían sido colocadas a la orilla del arroyo con excavaciones poco profundas; cada vez que llovía, los huesos afloraban al ras del suelo y, cuando el cauce se desbordaba, arrastraba los restos para siempre. Ese arroyo era el de Las Tortolitas: el mismo que durante dos siglos había alimentado los sauces y dado nombre al callejón.

Cincuenta años después, en el verano de 1897, el ingeniero Octavio López levantó para el gobierno municipal un plano del sitio. El documento registra dos caminos que cruzaban el terreno: una “calle antigua” que ya existía en 1847 y una “calle nueva” trazada con posterioridad, que corresponden a las actuales calles Arroyo y Sauz. Ambas cruzaron el sitio sin que nadie reparara en lo que había debajo.

EL ARROYO COMO LITIGIO Y COMO CLOACA

A principios del siglo XX, el Callejón del Sauz era un espacio urbano consolidado, con casas de cierto valor y una vida vecinal activa. Los documentos notariales de la época revelan una calle en plena transformación donde el agua seguía siendo el recurso más disputado: el mismo tema que había animado los pleitos del siglo XVII volvía ahora bajo nuevas formas legales.

El 26 de julio de 1907, Teófila Durán, viuda de Gutiérrez, vendió a Miguel Mazatán una casa de adobe en el callejón por 2,000 pesos, cifra que habla de una zona con plusvalía real en el mercado inmobiliario del Porfiriato tardío. Dos años después, en noviembre de 1909, José Villarreal Flores presentó una solicitud ante el Ayuntamiento: pedía que se le adjudicaran gratuitamente unas vertientes naturales situadas en el subsuelo de la calle, agua independiente del arroyo. Lo que en el siglo XVII se había disputado durante cien años con expedientes y apelaciones, en el XX se resolvía con una petición al cabildo. La sustancia era la misma, el agua.

En 1923, Francisca Villarreal Flores, de la misma familia, solicitó el título de propiedad del tramo del arroyo que corría frente a su finca, entre la Calle del Sauz y el Callejón del Hospital, hoy prolongación Matamoros. Era la disputa de siempre: los propietarios ribereños intentaban regularizar su relación con el cauce que definía sus terrenos y que, cada vez que se desbordaba, borraba los linderos.

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Ese mismo año de 1925 el Callejón del Sauz vivió su momento más oscuro. La modernización industrial que transformaba Saltillo tenía un costo que pagaban los vecinos más humildes. El 9 de febrero, Pedro Ojeda, Bartolo López y Pilar Camacho presentaron una queja formal ante la autoridad municipal: la Compañía Manufacturera de Lácteos descargaba suero de leche directamente en el arroyo contiguo a la calle, convirtiendo la corriente en un foco de infección. Las autoridades respondieron exigiendo a los dueños de las casas que construyeran excusados de pozo, solución que atendía el síntoma sin tocar la causa. Los vecinos, como siempre, se arreglaron como pudieron.

DE CALLEJÓN A CALLE

Para la década de 1920 los documentos ya no hablan del Callejón del Sauz sino de la Calle Primera de Sauz y, más tarde, simplemente Calle del Sauz. El viejo camino que topa en el arroyo había sido absorbido formalmente por la ciudad. En mayo de 1925, la autoridad municipal levantó un registro oficial de propietarios de fincas en la vía: la ciudad intentaba poner orden y regularizar papeles donde durante casi tres siglos sólo había habido costumbre y memoria oral.

EL ÁRBOL, EL AGUA Y EL NOMBRE

Saltillo ha cambiado su nomenclatura varias veces. Las calles coloniales que llevaban nombres de santos, de oficios o de accidentes geográficos fueron rebautizadas en el siglo XIX con héroes liberales y presidentes de la República, y ese proceso se repitió en el XX con nuevas oleadas de renombramiento político. Sin embargo, el nombre del Sauz sobrevivió a todo: a Juan Recio de León y a sus cien años de pleitos, a los soldados cuyos huesos el arroyo arrastró una noche de lluvia, al Porfiriato, a la lechería industrial y a los regidores que rebautizaron las calles de toda la ciudad.

Hoy los sauces ya no se ven. El Arroyo de Las Tortolitas sigue abierto y cruza la ciudad de sur a norte; en época de lluvias fluye cargado de residuos sólidos municipales, basura, el asfalto no ha podido con él. Los potreros que Juan Recio de León defendió durante un siglo son hoy manzanas de casas y comercios. Pero el nombre permanece, y en ese nombre está todo: el árbol que ya no existe, el agua que regresa cada verano, el potrero que se volvió callejón, el callejón que se volvió calle, los vecinos que pelearon por sus vertientes y por su salud.

La Calle del Sauz es el hilo más delgado y resistente que une al Saltillo de hoy con el Saltillo de 1652. Es el único topónimo de origen colonial que ha sobrevivido intacto a tres siglos y tres cuartos de historia, de pleitos, de guerras, de epidemias y de funcionarios con ganas de renombrar. Sobrevivió precisamente porque nadie le puso demasiada atención: lo olvidaron las autoridades y ese olvido lo preservó. Una ciudad que conserva un nombre así, con primera mención documental hace 374 años, nacido del paisaje, todavía guarda algo de su memoria más profunda en el lugar menos pensado: en la placa de una calle que casi nadie mira.

Que nadie la cambie, hacerlo sería borrar la última huella legible del Saltillo que existió antes de que existiera el Saltillo que conocemos.

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Fuentes: Archivo Municipal de Saltillo, Fondo Protocolos: AMS, P, c 75, L 1, e 5, f 11 (26 de julio de 1907); Fondo Presidencia Municipal: solicitud de Francisca Villarreal (3 de julio de 1923), queja vecinal (9 de febrero de 1925), relación de dueños de fincas (mayo de 1925); AMS, expediente de pleito legal por restitución de agostaderos de Juan Recio de León (1652–1757). Ariel Gutiérrez Cabello, “El cementerio olvidado de los soldados norteamericanos caídos en Saltillo”, Vanguardia, marzo de 2026; plano de Octavio López, julio de 1897, Archivos Nacionales de Washington.

saltillo1900@gmail.com

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Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

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