La hacienda de Santa Ana, origen de ranchos y haciendas al norte
La hacienda de Santa Ana, fundada en el siglo XVI, se fraccionó durante casi tres siglos por herencias, ventas y dotes, dando origen a ranchos y haciendas cuyos nombres aún permanecen en el mapa de Saltillo
Los González, los Valdeses, los Rodríguez: ¿de dónde vienen esos nombres?
La hacienda de Santa Ana se fue partiendo durante casi tres siglos por herencias, dotes y ventas. De ella se desprendieron Santa Ana de los Rodríguez, Santa Ana de los Valdeses, Santa Ana de los San Migueles y la hacienda de los Molinos. El reparto de abril de 1840 terminó de fraccionarla en Los Silleres, Los Valdés, Los Rodríguez y La Hibernia.
En 1577 Juan Navarro, uno de los veinte colonizadores fundadores, recibió mercedes de tierra al noreste de la villa de Saltillo, unas 168 hectáreas que colindaban con las de su consuegro, Santos Rojo, uno de los vecinos de más peso en aquellos años. Navarro había llegado con el grupo de Alberto del Canto. Sobre su origen las referencias parecen no coincidir: unas lo tienen por probable portugués y otras lo llaman conquistador español, presumiblemente de origen vasco por su apellido.
Sobre esas tierras levantó, casi por su cuenta, una casa, una huerta, un molino de pan y una capilla pequeña. Puso a la hacienda el nombre de Santa Ana, la madre de la Virgen. Fue el primero de los muchos nombres que tendría la famosa hacienda.
Navarro murió en 1594. La propiedad no se dividió: quedó bajo la administración de su viuda y de sus hijas, aunque en la práctica la manejaron los yernos. El más visible de ellos fue el capitán Bernabé de las Casas, natural de Tenerife, casado con Beatriz Navarro y alcalde de Saltillo. De las Casas se ocupó de extender la hacienda y de administrar a los ochenta indígenas que se habían dado en encomienda a las herederas.
De esa encomienda queda un rastro en la capilla. Un documento de 1617 la describe con un salón anexo, poco común, dedicado a enseñar la doctrina cristiana a los indígenas encomendados. Es probable que los muros de aquella capilla coincidan con los del actual templo de la Concepción, en La Hibernia, aunque no hay prueba concluyente de ello. Lo que sí pudo constatarse hace algunos años fue la aparición de una de las ruedas de piedra que sirvieron en el antiguo molino.
Por esos mismos años entra en la historia de la hacienda otro apellido que se quedaría mucho tiempo en Santa Ana. Diego de San Miguel tenía ya derechos en la hacienda en 1603, y casi un siglo después sus descendientes seguían vendiendo y heredando porciones de tierra y días de agua. En 1711, en un pleito por un pedazo de tierra, todavía se presentaban títulos de aquel año.
Los Sánchez Navarro y los nombres de Santa Ana
Otros dos yernos de Juan Navarro, Martín y Diego Sánchez terminaron por tomar el control efectivo de la hacienda. Compraron sus partes a otros parientes para que la heredad no se fragmentara. Martín Sánchez se casó con Melchora Navarro, hija del fundador, y de ese matrimonio nacieron Diego, Bernardino y Mariana. En la década de 1640 la hacienda pasó a los tres hermanos, y en 1659 la dividieron formalmente en tres partes.
Con ese apellido, Sánchez Navarro, empezó una familia que con el tiempo reuniría en el norte de México el latifundio al que suele llamarse el más grande de América. Santa Ana fue su punto de partida. Mariana, en cambio, aparece casi siempre en los documentos como Mariana Navarro, con el apellido de su madre.
Al norte, pegada a Santa Ana, estaba la hacienda de San Juan Bautista, que Santos Rojo había fundado entre 1577 y 1607. En 1653 un comerciante manchego, Juan González Santos, y su esposa, María de Olea, compraron la mitad. A González le faltaba tierra para sembrar el trigo que le pedían, y durante los años sesenta le rentó cada año parcelas a su vecina Mariana Navarro, en Santa Ana, a cambio de cuarenta fanegas de cereal; uno de esos arrendamientos es de 1663. En 1678 los González compraron más fracciones de San Juan Bautista, y el peso de la familia acabó por rebautizarla: San Juan Bautista de los González, o simplemente Los González. También fueron adquiriendo derechos de agua.
Para 1673 Diego Sánchez Navarro ya había muerto, y en abril de ese año su hermano Bernardino arrendó la hacienda de labor de Santa Ana a Feliciana Botello, la viuda de Diego.
Mariana se había casado con el capitán Diego Rodríguez, y la parte que le tocó empezó a conocerse como Santa Ana de los Rodríguez. A ella no le gustó. El 13 de marzo de 1683 otorgó poder a su hijo Nicolás Rodríguez para que hiciera su testamento, y en ese documento dejó claro que lo heredado de su madre, Melchora Navarro, era la hacienda de Santa Ana, «mal llamada de los Rodríguez» solo por el apellido de su marido.
Algo parecido ocurrió con Juana Sánchez Navarro, nieta de Juan Navarro, que recibió otra fracción como dote al casarse con Francisco Valdés. Ese sector quedó como Santa Ana de los Valdeses. En los papeles aparecen también la de Analco y la de los Padilla y, en protocolos de 1706 y 1772, Santa Ana de los San Migueles.
Todavía en 1699, más de cien años después de la muerte del fundador, Joseph Rodríguez pedía posesión de tierras y aguas en la hacienda «de Juan Navarro».
Días y horas de agua
En Santa Ana la tierra valía por el agua que le tocaba. Las propiedades se medían en días de agua: un día era el derecho a usar toda el agua disponible durante veinticuatro horas seguidas. Por eso en las escrituras casi nunca se vendía tierra a secas, sino «un día de agua con su tierra». Así lo escribieron en 1687, cuando Bernabé Sánchez vendió un día a Francisco Flores de Valdés. El agua de cada sector se repartía a razón de treinta días al mes, y saber a quién pertenecía cada uno de esos días dio lugar a pleitos constantes.
A principios del siglo XVIII las operaciones se amontonan en los protocolos del Ayuntamiento. En 1707 Nicolás de Padilla vendió a Antonio Lobo Guerrero nueve días de agua y, con ellos, «la casa de su morada con la huerta y todo lo que tiene en su tienda», por doscientos pesos de oro común. En una sola escritura se fueron el agua, la vivienda y el pequeño comercio de la familia.
Ese mismo año, Nicolás Ildefonso de los Hinojos, casado con Ana Luján, se opuso a que Hipólita de San Miguel vendiera una parte de la hacienda a Nicolás de Aguirre. Los pleitos siguieron. En 1711 José Lobo Guerrero demandó a Nicolás Alonso de los Hinojos por el pedazo de tierra con títulos de 1603, y en 1721 el bachiller Pedro de Arizpe entabló juicio contra el alférez Nicolás Alonso por el agua del arroyo llamado «de los San Migueles». Ildefonso y Alonso son formas del mismo nombre, y es posible que los tres expedientes se refieran a la misma persona, pero la fuente no lo aclara.
Quien mejor aprovechó la dispersión de los San Miguel fue el general Matías de Aguirre. En 1713 Juan de San Miguel le vendió «un día de agua con su tierra de labor», heredado de su padre Diego, por cincuenta y cinco pesos en reales. Hasta 1715 Aguirre siguió comprando a la misma familia: luego dos días y medio, después cinco más. Las compras muestran el propósito de concentrar el agua de la hacienda.
El agua también servía de garantía. En 1719, para obtener un préstamo de Isabel Méndez Tovar Hidalgo, Aguirre hipotecó seis días de agua de la hacienda de Santa María y diez de la de Santa Ana.
Con los años la medida se hizo más fina. En 1725 Pedro de los Santos Coy y su esposa, María Antonia Gómez, vendieron a José Rodríguez veinte horas de agua «con su tierra de labor correspondiente», que ella había heredado de sus padres, Francisco Gómez y María Rosa Rodríguez. Para entonces figuraban entre los dueños de la hacienda los Gómez, los Zertuche, los Espinoza y los Arredondo, además de las familias antiguas ya mencionadas.
El agua de Santa Ana bajaba de los veneros del sur y la compartían varias haciendas, además de los molinos de trigo y de metales que la necesitaban para mover sus ruedas. En 1727 los dueños de San Juan Bautista, los González, Santa Ana, los Valdeses y los Rodríguez se juntaron para pedir a las autoridades que se prohibiera a los molineros usar sus aguas.
Treinta años después el agua servía hasta para pagar al cabildo. En 1758 Joseph Sánchez Navarro, Nicolás Rodríguez, Gerónimo Zertucha y los demás vecinos de la hacienda cedieron a Francisco Gómez, recaudador de rentas del cabildo, un día de agua al mes en pago de rentas.
Los herederos de los San Miguel seguían en Santa Ana a fines de siglo. En 1772 Bernardo de los Hinojos presentó testigos para probar que su suegra, María Rosa de Arredondo, poseía legítimamente una casa y dos días de agua en la hacienda, frente a los reclamos de otros herederos.
Ese mismo año Bartolomé Ramos de Arriola, en nombre de su esposa, Anna Gil de Leyba, demandó a Jacinta de Aguirre por la posesión de un día de agua que les correspondía en Santa Ana de los Rodríguez.
No todo lo que registran los expedientes tiene que ver con el agua. En enero de 1786 Francisco González, labrador de la hacienda de Santa Ana, fue demandado ante el teniente de alcalde por haber azotado en público a su sirviente y haberle echado el caballo encima. Cuando lo citaron, González explicó que antes el sirviente le había arrojado una piedra en la vía pública, y se justificó con el Concilio de Trento: «el que públicamente peca, públicamente sea castigado».
De hacienda a La Hibernia
En el siglo XIX la vieja hacienda seguía funcionando, pero sus asuntos ya se resolvían de otra manera. En 1829 Ramón Narro y José Ignacio Alcocer fueron nombrados jueces árbitros para atender cuestiones de Santa Ana. Al año siguiente, en 1830, Ignacio Rodríguez y Pedro Sánchez Navarro firmaron un convenio sobre las «demasías» de la hacienda, que ya se habían dividido «a su satisfacción». Un Rodríguez y un Sánchez Navarro: los mismos apellidos que se repartían la hacienda en el siglo XVII.
En 1831 José Antonio del Bosque y Vargas adquirió una porción, que más tarde rentó a inversionistas, entre ellos el irlandés Santiago Hewetson. Otro sector, en manos del padre Vicente Pío de Cárdenas, se conoció como hacienda de los Molinos por la importancia de sus instalaciones harineras.
El reparto definitivo llegó en abril de 1840. Varios copropietarios y herederos —José María Rodríguez, José María de Peña, Nepomuceno Flores y Enrique Siller— firmaron un acuerdo que acabó de fraccionar estas haciendas. De ahí salieron las fracciones de Los Silleres, Los Valdés, Los Rodríguez y La Hibernia, que corresponde al casco antiguo de Santa Ana.
El último cambio de nombre llegó con una fábrica textil que se instaló en el siglo XIX sobre los antiguos muros de Santa Ana. Se llamó La Hibernia, y así se sigue llamando el lugar.
El rastro documental termina en 1885. Ese año los accionistas de las tierras y aguas de la hacienda de Santa Ana de los Rodríguez pidieron que se les eximiera del pago de impuestos. Para entonces ya no había herederos que se repartieran días de agua, sino accionistas.
Los nombres siguen en el mapa de la ciudad. Los Rodríguez, Los Valdés, Los Silleres y La Hibernia ya no son haciendas ni ranchos. La mancha urbana de Saltillo los fue alcanzando uno tras otro, como a casi todas las antiguas fincas del norte de la ciudad, y donde hubo labores de trigo, huertas y acequias hoy hay colonias y fraccionamientos privados. El agua llega por tubería y ya nadie la cuenta por días ni por horas.
Bajo el pavimento de La Hibernia todavía están los cimientos de adobe de la vieja hacienda de Santa Ana, una de las primeras que tuvo Saltillo.